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martes, 7 de septiembre de 2010
Pequeño museo III
Que el tiempo es muy disimulado era una de las cosas que más repetía Don Ignacio a su hija. Que la vida depara muchas sorpresas, sin embargo, no tanto. Que llegara una gran superficie que le arruinase era cuestión de tiempo. Que un buen día se quemasen su casa y su taller fue toda una sorpresa. Que salvara en el último momento su pequeño museo de plantillas fue un acto de fe. Y lo que obró su hija Verónica, casi sin saberlo, fue un verdadero milagro.
Robó los zapatos de sus compañeros durante la sesión de gimnasia y los lanzó al árbol más grande del patio con intención de esconderlos. Aquel hecho conmovió de tal manera que todos se unieron en un gesto inolvidable. Fueron largas noches de trabajo y esperanza. Fue aquel árbol de extraños frutos un monumento al hombre. Y fue que su pequeño museo fue leyenda.
(Esto quedaba por ahí)
lunes, 26 de julio de 2010
Pequeño museo II
Ignacio siempre fue un holgazán. Nunca prestaba atención a las enseñanzas de su padre y nunca creyó que repetiría sus palabras con la sorpresa de creer en ellas. Aquel angelito descalzo de veinte años tenía que bailar en el teatro al día siguiente y había destrozado, de alguna manera que no llegó a entender, sus únicos zapatos de baile. Ante sus súplicas le dijo que podría arreglarlos, citó a su padre y le hizo una plantilla.
Verónica encontró a Ignacio Ruiz Barbero, el joven zapatero, dormido en la puerta del teatro con una caja de zapatos como almohada, los zapatos que en sólo una noche había hecho para ella. No había podido arreglarlos o, tal vez, no había querido. Aquella noche inauguró su pequeño museo con la plantilla que, sin saberlo, utilizaría el resto de su vida.
Tenía razón su padre: “No hay camino sin escollo, ni zapato sin remiendo”.
Verónica encontró a Ignacio Ruiz Barbero, el joven zapatero, dormido en la puerta del teatro con una caja de zapatos como almohada, los zapatos que en sólo una noche había hecho para ella. No había podido arreglarlos o, tal vez, no había querido. Aquella noche inauguró su pequeño museo con la plantilla que, sin saberlo, utilizaría el resto de su vida.
Tenía razón su padre: “No hay camino sin escollo, ni zapato sin remiendo”.
P.D: ¿O era al revés? Tal vez su padre dijera: No hay camino sin remiendo, ni zapato sin escollo.
sábado, 3 de julio de 2010
Pequeño museo I
Mientras el bullicio de la escuela se apodera de la calle, y entran en tropel las voces de sus almas de metro veinte, Don Ignacio Ruiz Barbero, el zapatero, saca brillo con mucho mimo a los nuevos zapatos de Verónica, su nieta, que ya calza un treinta y seis y ha dejado de crecer. Tras él una pared llena de plantillas, su pequeño museo a la zapatería. Cientos de plantillas ordenadas por tantos años de oficio con una lógica que sólo él conoce. Cada una con un nombre y ningún número.
La cortinilla filtra sombras de abril. A todas ellas reconoce por el sonido de sus zapatos. Hay veces que escucha los pasos alegres de la primera Verónica, su mujer, pero pronto cae en la cuenta. Por alguna razón siempre olvida devolver su plantilla al montón más grande de ese su pequeño museo, el montón de los ya muertos.
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