sábado, 3 de julio de 2010

Pequeño museo I


Mientras el bullicio de la escuela se apodera de la calle, y entran en tropel las voces de sus almas de metro veinte, Don Ignacio Ruiz Barbero, el zapatero, saca brillo con mucho mimo a los nuevos zapatos de Verónica, su nieta, que ya calza un treinta y seis y ha dejado de crecer. Tras él una pared llena de plantillas, su pequeño museo a la zapatería. Cientos de plantillas ordenadas por tantos años de oficio con una lógica que sólo él conoce. Cada una con un nombre y ningún número.


La cortinilla filtra sombras de abril. A todas ellas reconoce por el sonido de sus zapatos. Hay veces que escucha los pasos alegres de la primera Verónica, su mujer, pero pronto cae en la cuenta. Por alguna razón siempre olvida devolver su plantilla al montón más grande de ese su pequeño museo, el montón de los ya muertos.

6 comentarios:

Desde la luna dijo...

Esto es un brillante fotograma apalabrado. Me encanta la luz del relato y lo entrañable de la disposición del taller... se ve bastante más de lo que hay escrito. Felicidades y no sabes la rabia que me da que ellos no lo hayan sabido ver :(

Elena dijo...

A mí me cuesta horrores comprar zapatos.

elena dijo...

Me gusta el tono. Me imagino por qué olvida siempre devolver la plantilla al montón.

Anónimo dijo...

Ains, es muy bonito pero creo que soy demasiado sensible, vecino...

Mr. Rific dijo...

Cuando dejé de fumar durante un tiempo seguí extendiendo el brazo (instintivamente) hacia la mesa donde solía tener el cenicero...

Cuando mi novia me dejó seguí mucho tiempo hablando con ella (aunque ya no estaba) en voz alta por la casa...

Hay que aprender a convivir con nuestros fantasmas.

Juanma dijo...

Sigo bebiéndome tu blog, calzándomelo mientras lo disfruto.

Salud.