viernes, 20 de noviembre de 2009

Noche de apuestas


Estando de copas con Dios, por el centro, de repente entró un Ángel en el bar. Dios me vio tan fascinado por su belleza que me lanzó una apuesta, si lo conquistaba aquella misma noche me enseñaría uno de los secretos de la felicidad. Yo acepte en seguida, seguro de mí mismo. Me acequé inmediatamente al Ángel y con una mirada le convencí de que aquella noche respiraríamos el mismo aire. Gastamos mas sonrisas que dineros, mas suspiros que saliva. Y antes del amanecer ya habían rozado mis sentidos el paraíso: su piel oro, su pelo color tragedia y su ardiente sabor.

De repente, cuando ya casi me zambullo en el cielo, el Ángel ya no estaba. Andaba suelto por el bar y Dios me miraba espectante mientras terminaba su copa.

A día de hoy no se si Dios hizo trampas con su omnipotencia o si mi victoria fue mera ilusión. Y es que a Dios, que tiene un genuino sentido del humor, o le encantan los acertijos o es que nunca revela sus secretos.

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