viernes, 20 de noviembre de 2009

Noche de apuestas II



Sola y llorando se encontraba la muchacha. Era más tierna que guapa, pero atractiva. Sus ojos eran de lo poco que brillaba aquella noche. A saber que cosas terribles le habían ocurrido a aquella alma en pena. Y a saber si la Luna también lloraba por alguien. Difícil le hubiera sido retener tan solo uno de los motivos por los que se lamentaba. Su llanto era fluido, y, sólo de vez en cuando, dejaba escapar un largo y susurrante suspiro. Su respiración oscilaba con la tímida brisa que suele nacer a altas horas de la madrugada. Se hallaba sentada en un bordillo, con las rodillas juntas y cigarro y mechero esperando a un momento, seguramente, caprichoso.

Y el momento nacio del capricho. Al chasquido del mechero correspondió otro ruido, cuya importancia, a priori, no fue mayor que la del maullido de un gato o la del canto de un grillo. Lo que llamó la atención de la muchacha fue, precisamente, la repetición de este, dando tregua a su sollozo. Si bien la noche era toda calma y silencio, no serían tan amargas sus penas cuando cedieron protagonismo a la nueva que se avecinaba. Eran pasos.

Fueron pocos, pero cada uno más sonoro que el anterior. El trayecto no daba lugar a dudas. Fuese quien fuese estaba allí parado, a apenas un par de metros. Hubiese sido imposible percibir el canto de un grillo en aquel momento, pero lo que sí pudo escucharse fue a las estrellas apostar quien estaba más sorprendido, si él o ella. Sabias estas, se inclinaron por él.

Ambos se observaron tras la cortina de lágrimas y el jugueteo del humo de los cigarros. Quizá fuera él algo mayor que ella, o quizá fuera efecto de la luz. También más atractivo que guapo, la miraba fijamente con una infantil sonrisa de incredulidad, con la que también le correspondió a la ternura. Quién sabe cuantos de sus pensamientos coincidieron en aquellos no pocos segundos, en los que se pudo escuchar a las estrellas apostar, esta vez, por quién hablaría primero.

De ese mar de lamentos empezó a emerger una figura alta con rostro sereno y mirada profunda, de las que tocan suavemente en las pupilas. Para dar cabida a semejante talla, ella entornó sus hermosos ojos hasta completar tres lunas llenas para una sola noche, sin duda, la más bella noche de aquél verano. Se podría decir que hasta gatos y grillos negociaron con las estrellas, pues la brisa se quedó de solista de su orquesta noctámbula y los humos de sendos cigarros se animaron a bailar.

Hubieran podido decirse algo, cómo no, pero hay ciertas cosas de las que las palabras prefieren no hablar...o quizá no sepan. Una estrella propuso una nueva apuesta que inmediatamente rechazaron las demás. De nuevo comenzaron los pasos. Los humos dejaron de bailar. Él había retomado el camino que ella no olvidaría jamás. Las estrellas acabaron sus apuestas, la orquesta entera volvió a sonar. Ella ya no lloraba, lucía la sonrisa que él le dejó antes de marchar.

Quizá sonriera también la Luna viendo a las estrellas trasnochar, discutiendo por las apuestas que nunca pudieron desenlazar.

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