viernes, 20 de noviembre de 2009

Regresión


Ya tenía la mala cara a las tres de la mañana, el "michel" casi acabado y el papel aún en blanco. Tan blanco como mis ideas. De repente una mosca se atrevió a posarse sobre la celulosa. No dudé. Coloqué mi mano cóncava acechando a la mosca y de un movimiento rápido, casi imperceptible, la atrapé y la estampé contra el suelo. La mosca quedó aleteando en circulos sin poder levantar el vuelo.

¡Matamoscas!

Mi memoria cayó entonces en un lejano recuerdo. Siempre tuve muchos motes, muchos, y ese fue el primero. ¡Matamoscas no, matamosquis!Ese era realmente.(Qué se le va a hacer). Me bautizó Isabel Vargas. Fue la primera niña que me gustó en el colegio, a mi llegada al Púa, y la verdad es que me gustó aún algunos años más (ahí debí aprender que el platonismo dura mucho tiempo). Ella se sentaba en la fila de al lado, a mi altura, y era muy repelente, como yo. Eramos los empollones. Nuestra relación era de amor-odio (ya en edades tempranas). Detestabamos el roll que nos imponían y evitabamos relacionarnos entre nosotros. Así que no hablamos prácticamente nunca en ocho años. Nuestra comunicación era, la verdad, bastante primitiva. Todo empezó una mañana en que Doña Pía, como todas las mañanas, se disponía a llevar a cabo su pequeño ritual: tres gotitas de colirio en cada ojo y mucha crema hidratante en las manos. En ese rato de recreo, me dediqué a atrapar las moscas que se posaban en la ventana de 3ºB. Las cogía en el hueco de la mano y las estampaba contra el suelo. Cuando reuní seis o siete cadáveres entre nuestras mesas y ella vió tan horrible espectáculo me adjudicó "Matamosquis". Desde entonces cada mañana atrapaba más moscas y ella más me gritaba: ¡Matamosquis! Y ponía cara de asco. Solo servía para alentarme. Todos los día repetíamos tan extraño ritual de cortejo. Una y otra vez. Y cuando yo no las veía ella me las señalaba para después poder fingir su carita de asco. Todo acabó cuando una voz del fondo, celosa de asuntos ajenos, nos culpó de un terrible delito: Isa y Carlos se quieren, Isa y Carlos se quieren....

Desde entonces no hubo más cortejo, ni más moscas moribundas que luchasen por alzar el vuelo, como la que ahora giraba entre mis pies.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muchos de tus relatos me han provocado un tímido arranque de lágrimas pero este... este me ha hecho reir. Muy bueno hermano. Sonso